La estadística encierra una paradoja. Según la UIT, el organismo de telecomunicaciones de las Naciones Unidas, el 77% de los hombres del mundo usa internet frente al 71% de las mujeres: unos 280 millones de hombres más que de mujeres en línea, con una paridad global estancada desde 2019. Y sin embargo, allí donde el acceso llega, son frecuentemente las mujeres quienes más provecho social le sacan a la herramienta más humana de la red: la conversación cara a cara a distancia.
El video como infraestructura social
En los hogares transnacionales — la madre que trabaja en otro país, la hija que estudia lejos, la abuela que se quedó — la videollamada se volvió el tejido que sostiene la vida familiar. Organizaciones comunitarias en América Latina, África y el sudeste asiático relatan lo mismo: cuando una mujer accede por primera vez a un teléfono con cámara y datos suficientes, el primer uso no es comercial ni laboral. Es ver una cara.
El fenómeno se extiende más allá de la familia. Plataformas de videollamada con mujeres y hombres de otros países — donde cada persona elige con quién conversar según idioma e intereses — se han convertido en espacios informales de intercambio cultural y práctica de idiomas: una estudiante en Bogotá que practica inglés, una profesora en Manila que enseña el suyo, conversaciones entre iguales que ningún aula formal organiza.
Lo que la brecha impide
Cada punto porcentual de esa brecha representa millones de mujeres sin acceso a lo anterior: sin la llamada a la familia migrante, sin el intercambio de idiomas, sin la ventana al mundo que sus pares masculinos ya tienen en el bolsillo. Los datos regionales de la UIT dibujan un mapa desigual:
| Región | Paridad 2019 | Paridad 2025 |
|---|---|---|
| África | 0,70 | 0,78 |
| Asia-Pacífico | 0,92 | 0,91 |
| Europa, Américas, CEI | paridad | paridad |
| Global | 0,92 | 0,92 |
África avanza; Asia-Pacífico retrocede levemente; el marcador global no se mueve.
Hay un patrón que los estudios de campo repiten: cuando el dispositivo entra al hogar, suele quedar bajo control masculino, y el acceso femenino pasa a ser prestado y negociado. Una mujer que usa el teléfono de su marido no llama cuando quiere, ni habla de lo que quiere, ni con quien quiere. En las estadísticas figura como usuaria de internet. En la práctica no lo es del todo.
Las causas son conocidas y tercas: el costo de los dispositivos y del servicio, las normas sociales que asignan el teléfono del hogar al varón, una alfabetización digital que llega tarde o no llega nunca. Ninguna se resuelve con una aplicación. Todas se agravan cuando la conectividad se piensa como lujo y no como infraestructura básica.
Lo que se está intentando
Las respuestas que funcionan rara vez son tecnológicas. En India, programas de alfabetización digital dirigidos por mujeres de la propia comunidad — vecinas que enseñan a vecinas — han movido cifras que ninguna campaña publicitaria movió. En varios países africanos, la reducción de impuestos sobre teléfonos básicos con cámara tuvo más efecto sobre el acceso femenino que cualquier ampliación de cobertura. Y en América Latina, los puntos de conexión comunitarios en escuelas y centros de salud siguen siendo, para muchas mujeres rurales, el único lugar donde una videollamada es posible sin gastar el presupuesto semanal en datos.
Lo que estas medidas tienen en común es que atacan el costo y la confianza, no la infraestructura. La antena ya está ahí en la mayoría de los casos; lo que falta es un dispositivo asequible, una razón para usarlo y alguien que muestre cómo.
La economía de una cara
Existe además un argumento económico que los ministerios entienden mejor que el argumento social. Una mujer conectada vende en línea, recibe remesas sin intermediarios, consulta precios antes de vender su cosecha y accede a servicios de salud a distancia. Los organismos multilaterales estiman el costo de la exclusión digital femenina en decenas de miles de millones de dólares anuales en PIB no realizado. La videollamada no aparece en esos cálculos, pero es a menudo la puerta de entrada: la primera cosa que una usuaria nueva quiere hacer, y la que la convence de que el aparato vale lo que cuesta.
Una vara sencilla para medir el progreso
Los indicadores técnicos — cobertura, velocidad, penetración — miden la red. Para medir lo que la red hace por la gente, hay una vara más simple: cuántas personas pueden, cuando lo necesitan, ver el rostro de alguien que les importa o conocer el de alguien que todavía no conocen. Por ahora, la respuesta mundial sigue siendo: 280 millones menos de mujeres que de hombres. El día que esa cifra se acerque a cero, la conversación global será, por primera vez, de todos y de todas.

